viernes, 27 de marzo de 2026

DANIEL INNERARITY JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA 27 MAR 2026 - 05:30 CET

 Opinión

Polarización asimétrica

Si la animadversión al adversario fuera equidistante, el rechazo al líder rival debería ser igual entre los votantes del PP y los del PSOE, pero no lo es

NICOLÁS AZNÁREZ

Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno político peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes.

La polarización política no es solo un aumento del desacuerdo. Es algo más profundo y más inquietante: la transformación del adversario en un otro moralmente ilegítimo. Cuando la política deja de ser una disputa sobre fines, medios o prioridades y pasa a ser un juicio sobre la esencia del otro —sobre su decencia, su patriotismo, su legitimidad o incluso su humanidad—, la convivencia democrática entra en zona de riesgo.

La cuestión acerca de quién es el responsable de la polarización en España suele tener, en general, dos explicaciones. La primera atribuye la polarización exclusivamente al adversario: son “ellos” quienes crispan, quienes dividen. La segunda, algo más elegante pero no menos problemática, reparte la culpa entre todos: todos tensan, todos son responsables por igual. Esta equidistancia suele presentarse como ecuanimidad, pero a menudo es también una forma de pereza intelectual.

El mayor obstáculo para una discusión honesta sobre la responsabilidad de la polarización es la dificultad de acordar un criterio objetivo. ¿Cómo se mide? ¿Cómo se establece la responsabilidad? ¿Dónde empieza el desacuerdo legítimo y dónde la demonización? ¿Cuándo diríamos que un electorado está polarizado? Si no fijamos un criterio compartido, el debate sobre la polarización se convierte en una prolongación del propio conflicto que pretende analizar.

Si aceptamos que la polarización conlleva el odio al adversario o, cuando menos, su rechazo radical, entonces podríamos encontrar un indicador aceptable que nos permitiera poner números a nuestras intuiciones. Las opiniones sobre los líderes políticos no se construyen únicamente a partir de lo que hacen o dicen. Se construyen, en gran medida, a partir de cómo se califica lo que dicen: si se presenta como un error, como una discrepancia legítima o como una prueba de maldad moral.

El CIS pide cada mes a una muestra representativa de la sociedad española que valore, del 1 al 10, a los líderes políticos. ¿Cómo es el nivel de máximo rechazo de quienes votaron al PP en las últimas elecciones generales al presidente del Gobierno? ¿Y cómo es el nivel de máximo rechazo de los votantes socialistas al líder del PP?

Si la polarización fuera simétrica, entonces el rechazo extremo al líder rival debería ser parecido entre los votantes del PP y los del PSOE. Pues bien, lo que observamos en el barómetro de marzo del CIS es que el 67% de los votantes del PP le dan al presidente Sánchez un 1, la calificación más baja posible, mientras que el 32% de los votantes del PSOE le dan un 1 al señor Núñez Feijóo. De modo que, si la polarización de los electorados fuera simétrica, esos porcentajes deberían aproximarse; pero no lo hacen. Alguien podría argüir que la diferencia de valoración se debe a razones objetivas, y que la valoración de los líderes no está influida por la ideología de quienes los juzgan, pero lo cierto es que el porcentaje de 1 al presidente Sánchez, incluso entre los votantes del PP, crece fuertemente, cuanto más a la derecha se sitúan. Y lo mismo ocurre, aunque con mucha menos radicalidad, entre los votantes de izquierdas cuando valoran al señor Núñez Feijóo.

Mientras que una parte significativa de los votantes progresistas percibe al líder conservador como un adversario político con el que discrepa, entre los votantes conservadores predomina una visión del presidente del Gobierno como alguien moralmente inaceptable, incluso peligroso. Este clima no se genera solo a partir de los hechos, sino muy principalmente a través de los marcos interpretativos desde los que esos hechos son leídos. La polarización no es ni simétrica ni espontánea. No es irrelevante que, en ese contexto, el líder de la oposición haya hablado en varias ocasiones de encarcelar al presidente del Gobierno: no porque esas palabras sean jurídicamente viables, sino porque refuerzan la idea de que el adversario no es simplemente alguien equivocado al que mandar a la oposición, sino alguien que merece ser castigado con la cárcel. Esa lógica es profundamente corrosiva para la democracia.

Tal vez la pregunta decisiva es qué tipo de vínculo político estamos reforzando: uno basado en la afirmación de un proyecto común o uno sostenido por la negación del otro. De esa respuesta depende, en buena medida, la calidad de nuestra convivencia democrática. Lo primero es políticamente saludable: implica identificación, proyecto, expectativa. Lo segundo es negativo: se basa en el miedo, el desprecio o la hostilidad moral. Ambas dinámicas generan movilización, pero no producen el mismo tipo de democracia.

Si ambos electorados se cohesionaran por igual mediante el entusiasmo, entonces la valoración de 10 al líder propio debería ser parecida en ambos casos. Sin embargo, si atendemos al recuerdo de voto, mientras que el 24% de los votantes de Sánchez lo califican con un 9 o un 10, en el caso de Feijóo solo lo hacen el 7%. No es lo mismo: hay más entusiasmo extremo en el PSOE hacia su líder que en el PP hacia el suyo.

De todo lo anterior cabría extraer al menos tres conclusiones. La primera es que la polarización no es un hecho natural inevitable sino una estrategia cuidadosamente elaborada y en la que los actores políticos participan de diferente modo e intensidad. Unos son más polarizadores que otros y el criterio que aquí hemos empleado (el porcentaje de valoraciones mínimas, que de hecho suponen una descalificación radical del adversario) puede hacer que el debate acerca de quién polariza sea menos subjetivo (la culpa sería siempre de los otros) y menos equidistante (todos lo hacen por igual). La segunda conclusión es que la polarización es una estrategia tan tentadora cuanto menos se confía en sí mismo. Incidir en lo malo que son los otros pone de manifiesto que se confía poco en la bondad del propio proyecto. La voluntad de polarizar contra el adversario termina revelando más lo poco que se valora uno a sí mismo que la maldad del adversario. La tercera conclusión es más bien un interrogante acerca de cómo evolucionará la política en las sociedades democráticas. Hoy por hoy, la política del rechazo parece electoralmente más beneficiosa que la política en positivo. Esto es así al menos a corto plazo, pero cabe preguntarse si no hay una recompensa electoral para quien formula sus propuestas políticas sin necesidad de descalificar al adversario, si es tan atractiva y viable una política fundada exclusivamente sobre el rechazo al otro. Polarizar es una manera de infravalorar la capacidad de la gente para identificar lo mejor y suponer que su juicio político se reduce a rechazar aquello que hemos descalificado como lo peor.

Resumen informe. por LAURA DELLE FEMMINE

 

Cierre de colegios, crisis en el campo y menos crecimiento: así sería la España sin inmigración

Un informe de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia estima el impacto que tendría en las próximas décadas la reducción de los flujos migratorios

Trabajadores migrantes en el campo de Huesca.MASSIMILIANO MINOCRI

España, 2075. Las fronteras llevan años cerradas y los migrantes llegan con cuentagotas. Solo se admiten aquellos que cumplen con los estrictos requisitos fijados por las autoridades. El país, en lugar de crecer, ha encogido, tanto en población como en crecimiento. Ya no persigue de cerca a las grandes economías avanzadas; es un Estado envejecido con cada vez menos niños y mano de obra, donde faltan profesionales para cubrir los servicios públicos básicos, han cerrado centenares de miles de negocios y el PIB ha crecido un 22% menos de lo que habría hecho de mantenerse las puertas abiertas a los extranjeros.

Este escenario distópico es el que dibuja el documento España ante el reto migratorio: dos escenarios posibles, que la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia (ONPE) —una Dirección General de la Presidencia del Gobierno— presenta este miércoles. Se trata de un ejercicio de proyecciones que ni siquiera toma en cuenta un cierre completo de las fronteras, sino una reducción sobre los flujos migratorios previstos de un 30% de aquí a los próximos 50 años. Esa reducción, que puede parecer menor, tendría el potencial de trastocar todas las previsiones demográficas y económicas disponibles y sacudir los mismos cimientos sobre los cuales se funda la España actual.

Thanks for watching!

De mantenerse las tendencias actuales, la población de España alcanzaría los 55 millones en 2075. Si los flujos migratorios en entrada se redujeran un 30% con respecto a esas proyecciones, los habitantes del país retrocederían hasta los 40 millones, casi 10 menos que en la actualidad. Y no solo habría menos gente, sino que la sociedad estaría aún más envejecida de lo que dibujan las perspectivas disponibles hoy en día.

El envejecimiento es un rasgo estructural de las economías avanzadas y la tendencia no se detendrá. Así lo apuntan las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), a partir de las cuales la ONPE ha construido sus previsiones: los mayores de 65 años pasarán a representar el 30% de la población en 2055, 10 puntos más que ahora, y el saldo vegetativo negativo —más defunciones que nacimientos— alcanzará su ápice en 2061. Pero los migrantes, que suelen pertenecer a cohortes más jóvenes, están ejerciendo de contrapeso y amortiguando este declive demográfico, como también concluía un reciente estudio del centro de análisis Fedea: en las dos últimas décadas, el impacto negativo del envejecimiento sobre la economía hubiera sido el doble sin la inmigración.

Según la simulación de la ONPE, la población en edad de trabajar caería de los 33 millones del escenario base a 24 millones en 2075. El golpe sería particularmente duro en sectores intensivos en mano de obra extranjera, esenciales tanto para la estructura de la economía española como para el sostenimiento de los servicios públicos esenciales. Es el caso del campo, que perdería un tercio de sus explotaciones.

También desaparecerían cerca de 90.000 bares y restaurantes, una cifra más o menos equivalente a la mitad de los que existen hoy en día, desencadenando externalidades negativas en otras actividades como la industria alimentaria o el turismo. Las zonas despobladas también saldrían perjudicadas: Huesca, Soria y Teruel, las provincias con la menor densidad de población, verían esfumarse el 28% de sus habitantes y unos 2.300 municipios podrían quedar borrados del mapa.

jueves, 26 de marzo de 2026

DESPOBLADO JOSÉ ÁNGEL MARÍNJAÉN

 

DESPOBLADO

JOSÉ ÁNGEL MARÍNJAÉN

Un recuerdo: Era Martes, 23 octubre 2018,tengo un amigo que se fué  a vivir al campo con su familia. Abandonan la ciudad para instalarse en el agro, en una casa sin lujos pero con chimenea, donde el olor a hierba recién cortada entra por todas las rendijas. Quizá los nacidos en un pueblito anhelamos su iniciativa, diré incluso que su decisión genera en mi esa morriña facilona por reeditar aquellas primeras experiencias de infancia en plena campiña. Los propensos a cierto estilo de vida añoramos el medio rural e idealizamos lo campestre, por más que somos conscientes de que no existen arcadias y que florestas impolutas deben quedan una o ninguna.

Traigo el tema por la desazón que me causan las cifras sobre el descenso alarmante de la gente que habita en la España rural: El declive demográfico cae a ritmo de 45.000 almas por año, y más del 80% de los españoles viven ya en aglomeraciones urbanas de más de 30.000 criaturas. A este paso la despoblación y el envejecimiento del agro van a ser pronto un problema grueso. Los demógrafos avisan de que la mitad de nuestros pueblos corre riesgo porque el medio rural se queda vacío.

Sin embargo, la despoblación es dispar debido a la diversidad de territorios (es acuciante en Castilla-León, Aragón o Asturias). Ello obliga a medir el problema en escala regional o comarcal más que local, pues no es lo mismo decir zonas despobladas que municipios despoblados.

La cosa se agrava si al éxodo se une el abandono, lo que por suerte no siempre ocurre ya que hay lugares en caída demográfica que cultivan sus campos, miman sus bosques y las aldeas son diminutas pero pulcras. El colmo se da cuando la diáspora no es dramática pero cunde la desidia, cuando la tierra no se labra y por dejadez sus espacios naturales son presa de la incuria. ¿Les suena?

Reconozco que hay algo de quimera en la idea de que los urbanitas retornen al campo y rehabiliten casas antiguas. Pero, ¿por qué no se ataja la despoblación pese a las inversiones en servicios básicos e infraestructuras? Quizá una clave del cepazo demográfico en las áreas rurales resida en que quienes se emplean en esos equipamientos no residen allí donde trabajan, sino que se desplazan desde las urbes. De esa tendencia al traslado diario solo se salvan los currantes (quizá autónomos) de pequeñas explotaciones agropecuarias que tienen estrechos vínculos con el terruño. Creo que la magnitud del fenómeno de la despoblación rural trasciende con mucho del retorno anecdótico de un puñado de urbanitas hartos de malos humos y de afanes que no llevan a ninguna parte.

Sobre la despoblación rural cercana pesa además el contexto restrictivo de recursos para la PAC y la 'familla' regular del PER, aunque ambas sirvieron para fijar algo el vecindario al medio rural. Hoy, sin relevo generacional ni banda ancha en el campo, el problema del declive demográfico creo que forma parte de un proceso más amplio de mutaciones económicas y culturales que difícilmente se puede frenar.

Opinión | La carrera.El Ideal

Lo difícil que es ser de izquierdas.Info Libre.es Miguel Lorente Acosta

 

Lo difícil que es ser de izquierdas.Info Libre.es

Miguel Lorente Acosta

Si quienes tienen que hacer las cosas de otra manera no las hacen, las cosas seguirán siendo las mismas, aunque cambien las personas que las protagonizan y el lugar que ocupen dentro del sistema.

Ser de izquierdas no es sencillo; además de tener que buscar un consenso con otras posiciones de izquierda que toman como punto de referencia temas distintos, siendo conscientes de que hay que trabajar sobre todos ellos para transformar la manera en que están integrados dentro del modelo androcéntrico, y su significado de cara a la determinación de la realidad, hay que hacerlo para que las medidas lleguen e impliquen a la sociedad. Ocurre, por ejemplo, con el ecologismo, el feminismo, al animalismo, la economía, la educación, la cultura… sobre todos ellos hay que articular medidas puntuales que se integren en políticas globales que, además que cada uno de los temas, integren también las distintas perspectivas y prioridades que existen dentro de la izquierda sobre cada materia. Así, por ejemplo, se puede estar a favor de que hay que acabar con la precariedad laboral, pero las propuestas para lograrlo pueden ser distintas y su prioridad respecto a otros temas importantes para la izquierda, como la violencia de género, el cambio climático o la educación, en los que también se está de acuerdo en que hay que abordar, pueden ser diferentes.

Aparte de esa dificultad, la propuesta resultante ha de defender y enfrentarse a una concepción conservadora de la realidad avalada por la historia y, por tanto, consolidada e integrada como parte de la normalidad, la tradición, la costumbre y todo lo que define esa normalidad.

Y si fuera poco todo eso, la manera de conseguir el apoyo de la sociedad, no sólo de las otras posiciones de izquierda, requiere un ejercicio de imaginación y compromiso importante, puesto que las alternativas que se proponen no cuentan con una referencia objetiva, como sí la tiene el modelo conservador con la historia, puesto que se trata de propuestas progresistas que son transformadoras y proponen alcanzar algo que aún no existe.

Todo ello hace difícil ser de izquierdas en sentido práctico, una situación que facilita la dispersión entre temas y la fragmentación en las propuestas a partir de las distintas prioridades, enfoques, intensidades... que se dan a cada tema, lo cual dificulta el desarrollo de las políticas de izquierdas y el apego de muchas personas que se sienten identificadas y comprometidas con alguno de los temas particulares, y que ven desplazados a posiciones “secundarias” según su visión.

Muchas de esas personas que ven cómo no se le da a su materia la importancia que consideran se sienten traicionadas y dan un paso atrás. Y al ser conscientes de que ese posicionamiento sobre lo particular dificulta el proyecto común, para minimizarlo y no sentirse responsable, se recurre al argumento ético para justificar las consecuencias que conlleva esa atomización.

Por otra parte, la propia posición transformadora hace que surjan muchas cuestiones nuevas y que haya que estar revisando toda esa interacción y su impacto en la propuesta general, a diferencia de quienes defienden el orden dado y se sitúan en él como parte del mismo, sobre todo cuando se cuentan con privilegios derivados de la condición y el estatus.

 

Todas esas circunstancias implican que para conseguir la transformación social y cultural hay que hacer las cosas de otra manera, no sólo hacer otras cosas.

Si se hacen otras cosas de la misma forma que el modelo conservador-androcéntrico el resultado será un nuevo decorado dentro de ese modelo conservador-androcéntrico, no un modelo distinto. Ese cambio de decorado es lo que ha hecho el modelo en todo momento a lo largo de la historia, y seguimos dentro del mismo.

Por lo tanto, no vale el argumento de que “ellos lo han hecho antes”, ni el “ahora nos toca a nosotros”, porque si estaba mal antes está mal ahora, tanto por el hecho en sí y sus consecuencias, como, sobre todo, por su significado y los valores que representa.

Una de las trampas del machismo-conservador es hacer caer a las posiciones progresistas en su modelo y estrategias, porque al hacerlo perpetúan el sistema y sus formas de hacer política, aunque el resultado sea distinto, además de quitarle valor a las propuestas alternativas al presentarlas como continuidad, tal y como con frecuencia se dice bajo la idea del “más de lo mismo” o el “mismo perro con distinto collar”. Por lo tanto, desde mi punto de vista, no vale el insulto, ni la cancelación, ni el escrache, ni los nombramientos injustos, ni insultos que sustituyan a razones porque se crea que ahora hay motivos que los justifican.

La izquierda debe hacer las cosas de otra forma para transmitir los valores que representa, que no sólo pueden estar en los enunciados de sus políticas y propuestas. El machismo es cultura y, precisamente, su fortaleza no está en los elementos formales y materiales, estos llevan cambiando diez mil años y seguimos igual, sino en los valores que representan y sus elementos informales.

La responsabilidad y el compromiso deben ir mucho más lejos de los gestos y los enunciados, en eso todo el mundo es muy comprometido con su posición individual

La responsabilidad ética de la izquierda también está en hacer las cosas y la política de otra forma. Al actuar deben pensar en la ética del bien común y en el compromiso con un proyecto de sociedad en el que muchas personas llevan siglos trabajando, incluso dando sus vidas por ello. Y en un proceso de ese tipo el mejor argumento siempre es el ejemplo, como defendió el premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer.

Y si tomamos como ejemplo la experiencia de lo que ha funcionado y no ha funcionado, una de las cosas que hay que hacer es evitar una posición pasiva o enfrentada dentro de la izquierda. Hay que ser conscientes de que en los cuatro años de una legislatura sólo se puede conseguir una mínima parte de ese proceso transformador, pero esa mínima parte de las acciones de hoy resulta esencial para el proyecto de mañana. La responsabilidad y el compromiso deben ir mucho más lejos de los gestos y los enunciados, en eso todo el mundo es muy comprometido con su posición individual.

Ser de izquierdas no es sencillo, pero serlo para favorecer al modelo conservador-androcéntrico debería ser más complicado y éticamente cuestionable.

 Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género.